lunes, 27 de mayo de 2013

El Hombre del Noveno G

Serían las siete de la tarde cuando volviendo de un concierto local decidí hacer una parada en casa de mi amiga Candela. El inhóspito y silencioso portal de aquél edificio antiguo y sus interminables pasillos jamás se me antojaron como hogar y mucho menos después de lo acontecido aquél escalofriante domingo.

Ni un inofensivo rayo de luna se atrevió a penetrar entre las ranuras de aquellas persianas viejas. Saludé a mis amigas, más por intuición que por lo poco que me ofrecían aquellas siluetas en penumbra. Me acerqué con cautela y ahora sí pude ver el brillo de sus ojos abiertos como platos y clavados al televisor. Estaban viendo una película de miedo ignorantes de que aquél instante sólo era el prólogo de lo que se nos venía.

Esperé en silencio, ajena a un terror que invadía la estancia, pero pronto esa atmósfera de suspense se apoderó de mí y me impregnó de inquietud. Jugueteé con Vira, una simpática cachorra bretón, no sé si para disimular mi malestar o por si al fingir normalidad me pudiera deshacer de aquella sensación.

Repentinamente, la ficción se volvió realidad, frenéticos golpes al suelo se escucharon desde el piso de arriba, era el hombre del noveno G. No se supo que fue lo que le incomodó, aunque aquella reacción desmesurada, impropia de una persona en su sano juicio, nos llevó a pensar que más que de una queja se trataba de una trifulca familiar.

Acabó la película, olvidamos aquello durante un rato y salimos a tomar algo. Al volver, alguien había puesto pegamento en la cerradura. Candela se puso nerviosa, me propuso subir a hablar con el hombre del noveno G y a pesar de que aquella idea no me parecía ni productiva, ni segura no me negué a ello, no quería que mi amiga pensara que no estaba respaldada ante problemas, sin embargo, estaba convencida de que había sido él el autor de la fechoría. Me ofrecí como negociadora intentando autoconvencerme de que la misma persona que hacía un par de horas se comunicaba mediante desorbitados golpes iba a rendirse ante mi oratoria y a darnos las buenas noches.

Subí los escalones con el desánimo del que va al paredón, y al llegar al quicio de la puerta no dejé pasar ni un segundo hasta tocar al timbre, como para contagiar una tranquilidad que nunca estuvo. Escuchamos pasos, pasos rápidos, pasos que pisaban con la violencia del que nada teme. Escuché mi corazón, después el de mis amigas, ya estaba cerca. Ese hombre no quería abrir la puerta, quería arrancarla de cuajo, y aunque las bisagras no cedieron en su labor, con el impulso estampó el pomo desconchando parte de la pintura de aquella pared de gotelé y por fin vi a aquél hombre.

Tenía el torso al descubierto, el contraste entre el negro de su pelo y el rojo intenso de su piel le daba un aspecto casi diabólico, era obvia la gran ingesta de alcohol a la que se había sometido. Se tambaleó, a pesar de que el ángulo en su rostro le orientaba claramente hacia mí, sus pupilas apuntaban al infinito. Respiraba deprisa, con la ansiedad enfebrecida del que está a punto de hacer algo horrible, y a decir verdad,  a escasos centímetros de su domicilio nada le impedía arrojarme hacia aquél foso con un simple tirón de brazo. Las rodillas me temblaron, en décimas de segundo imaginé las más siniestras circunstancias y cuánto dolor cabría en esa cueva macabra. Justo antes de oírle gritar mi cuerpo retrocedió sin que yo se lo ordenara, se me durmieron las articulaciones. Hipnotizada por el pánico solo fui capaz de abrir la boca y decir entre dientes: “Vámonos”

De lo que aquél hombre gritó ni supe ni quise saber. Volví a mi casa estremecida, me tumbé en la cama colocando las mantas a modo de escudo, ni siquiera la intimidad de mi dormitorio me hizo sentir a salvo. Intenté conciliar el sueño sin éxito, miraba el móvil continuamente buscando de nuevo la normalidad, pero era inútil y yo sabía perfectamente lo que ocurría. Una imagen se imponía en mi mente de manera inexorable, eran aquellos ojos, aquella mirada enfermiza del hombre del noveno G.

jueves, 16 de mayo de 2013

Celia Acaba de Nacer


Había llegado febrero, Celia recién estrenaba sus quince años y con ellos se materializaba la promesa de su madre de dejarla salir sola con sus amigas por primera vez. Reinaba el silencio tan solo interrumpido por el traqueteo del enérgico paso de páginas con el que Celia devoraba el catálogo de disfraces, aunque si finalmente no le llegaba a su madre el dinero para un modelo de los grandes almacenes, ella misma, que no era niña caprichosa, compraría las telas y su abuela, docta en tareas textiles, le haría un disfraz mucho mejor.

Celia no es que fuera especialmente presumida, ella jamás se sintió guapa. En el colegio su madre nunca se preocupó de hacerle lindos peinados infantiles con orquillas de colores como veía a sus compañeras, jamás paseó los clásicos zapatitos de charol que asomaban calcetines con puntilla, ella llevaba chándal y coleta que combinaba según el día con diadema.

Vestía sencilla, lo justo para cubrir su cuerpo. Avergonzada de no gozar de la belleza de sus amigas procuraba no llamar la atención, no solía hacer comentarios por miedo a que no fueran los correctos. Sabía que su frágil autoestima no soportaría una burla, que lo que para los demás eran nimios detalles, para ella eran gigantes capaces de aplastarla con el extremo de una uña y confinarla a un pozo de oscuridad sin retorno.

 No, no soportaría un desdén, ella no era tan fuerte. Prefería no arriesgar, sonreír y vivir a la sombra de los valientes, a ella le gustaba sentirse acompañada aunque fuera en calidad de espectadora, eso era mucho mejor que vivir aislada.

Se acercaba el carnaval, celebración que le fascinaba. Sus amigas en esos días la notaban nerviosa, extremadamente eufórica, además era la primera vez que salía sin estar bajo la vigilancia de su madre. Tal y como era de prever, y viniendo de familia humilde, al final fue su abuela Fina la que le fabricó el traje para su gran día. Se lo probó y pasó toda la tarde mirándose en el espejo con él, peinándose de mil maneras distintas, se subía las mangas, se las bajaba, cambió varias veces de pendientes, de collar, de zapatos...Más tarde bajó a la tienda a comprar algún lazo que le faltaba y algo de confeti y serpentina que siempre ayuda a animar una fiesta.

Una vez ya en el desfile, sus amigas empezaron a preocuparse, era sabido de sobra que una de las mayores virtudes de Celia era la puntualidad, máxime sabiendo lo ilusionada que estaba, y ya habían pasado casi veinte minutos. A su lado, y desde hacía un rato, había una chica envuelta es un disfraz maravillosamente confeccionado y original que no paraba de mirarlas y finalmente estalló en carcajadas: Chicas no busquéis más, soy yo...-¿Celia?...Si, soy yo, pero no perdamos más tiempo y unámonos a la fiesta. ¡Hoy va a ser un gran día!

Nadie se lo explicaba, pero aquella chica dulce y huidiza aquél día de carnaval se convirtió en un torrente de seguridad, reía, bailaba, gritaba y estaba tan divertida que todos la seguían a donde fuera, como si ella fuera el director de una orquesta y el resto de los allí congregados al festejo sus músicos, reproduciendo los más bellos sonidos al ritmo que ella marcaba.

Aquella chica enloquecida hipnotizaba con su desparpajo, la precisión y ocurrencia en sus comentarios se ganó tanto la confianza y simpatía de desconocidos como la perplejidad de su grupo de amigas que lejos de sentir envidia, se alegraron de que por fin soltara las riendas a ese corcel salvaje y noble que escondía entre sonrisas ladinas, parecía que acabara de nacer.

Al volver a casa, una de sus amigas le preguntó:
-Celia...¿por qué te gusta tanto el carnaval?
-Muy fácil, el día de carnaval nadie tiene miedo a hacer el ridículo porque todo el mundo lo hace, no te juzgan por si llevas ropa de tal o cual marca, todos se ríen de todos. No hay guapos ni feos, ni ricos ni pobres. Hoy he sido inmensamente feliz. Todos los días deberían ser carnaval.


viernes, 10 de mayo de 2013

Te voy a Poner en tu Sitio


Acabo de leer el discurso de una niñata arremetiendo contra las mujeres que llevan escote y falda corta, y no contenta con eso, sentencia a las que se acuestan con un chico la primera noche. Como es de esperar, se me encienden las alarmas feministas, y por supuesto te voy a poner en tu sitio.

Primer punto: Tus palabras son más propias de la santa inquisición que de una persona del siglo XXI y viniendo de boca de una mujer me parecen de película de terror

Segundo punto: Te aseguro que si yo tuviera el maravilloso cuerpo que tienen algunas me estaría planteando incluso ir en pelotas. Qué mala es la envidia.

Tercer punto: Has visto muchas películas americanas...El chico le abre la puerta del descapotable, la acompaña a la entrada y le da un beso de tornillo.¡Qué aburrimiento! Lo que nunca nos cuentan en la peli es hacia donde se dirige el chico cuando se marcha engominado con las pulsaciones por las nubes.

Y por último: Si quieres ser feliz en la vida es hora de que dejes de demonizar el cuerpo humano y las relaciones interpersonales y de que tires a la basura ese absurdo calendario de la dignidad que parece ser que te da la hora exacta para acostarte con alguien. Libera tu mente, disfruta de tu cuerpo antes de que se pudra y deja que los demás se apañen.

Bonito tatuaje el que lleva una de mis mejores amigas en la espalda que dice: HAZ LO QUE PUEDAS, CON LO QUE TENGAS, DONDE ESTÉS

jueves, 9 de mayo de 2013

Gracias por Sonreír


Las adversidades del día a día, los recuerdos que nos atormentan, el miedo a lo que pasará, los complejos, las frustraciones, el enfado, el reclamo de una justicia que nunca llega, la angustia de la necesidad, la dignidad olvidada, el sometimiento imperativo, el alivio de las migajas, la impiedad, la desesperanza...

Y estando yo a 180 grados entregada a las llamas del mundo, miré hacia arriba y vi llover agua fresca que me devolvía a la vida, lluvia salada que curó mis heridas, convirtió la superficie en humo apaciguador que me aislaba de lo malo y me cegaba, y ese agua fresca era su sonrisa.

Incalculable es la admiración que siento hacia los que ríen en la tristeza y nos hacen sonreír. Gracias a esos malabaristas de la emoción que hacen filosofía de la comicidad. Esas personas que en las peores situaciones son capaces de dibujar nuevos pliegues en nuestra piel, titiriteros de la comisura, porque ellos son la verdadera medicina frente a tanto desconsuelo.

Pongan fin al drama, ríanse de sus problemas y de sí mismos. Retiren de sus cajones esas montañas de absurdos fármacos que acumulamos casi por vicio y pongan en su vida alguien que les haga sonreír


Dedicado a Victoria Blasco, porque desde que te conocí ni un solo día falló tu sonrisa, toda mi admiración

jueves, 2 de mayo de 2013

Ahora Sí Puedo Verlo


Si él no existiera yo no estaría pasando frío en una callejuela del extrarradio de Barcelona a 600 kilómetros de mi casa. No hubiera tenido que cenar esas estúpidas hamburguesas congeladas aliñadas con ketchup, ni estaría repasando renglones mentalmente intranquila por la intriga de saber si algo fallará, esforzándome por mantenerme ajena del ocio que me rodea y prudente ante ese frágil hilo que conecta mi necesario aislamiento de los que en cuestión de minutos serán mis clientes, ese frágil hilo que requiere de la amabilidad que el público merece y que tanto cuesta cuando te encuentras en el espacio imaginario entre lo profesional y lo social, ese momento en el que todo el mundo te dice que tienes la mirada perdida.

Y en medio de esta maraña de sensaciones incómodas sé que nada de esto hubiera pasado si él no existiera. Porque si él no existiera, Carlos y Jhul habrían cenado hace rato, nadie tendría prisa, porque él nos convirtió en personas ocupadas y preocupadas, porque sin él Giorgio no estaría a 1500 kilómetros de su residencia actual, ni ninguno de nosotros estaría regateando con el dueño de una discoteca a las cuatro de la mañana cual bazar iraní.

La realidad es que él existe y ahora mismo se me vienen a la cabeza frases de tipo: “Yo amo el hiphop” Sin embargo, después de tantos años...¿Por qué amar algo que no puedes tocar, algo que no se ve? Y luego recordé, sin duda adoro todo aquello: las prisas, las hamburguesas congeladas, los viajes, el esfuerzo, la ilusión en vuestra mirada...Un momento! Y de repente detuve el tiempo y congelé la secuencia en mi memoria...Ahora sí puedo verlo, el hiphop estaba en vuestra mirada.

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